Se perdió la casa y el trabajo. El matrimonio y el crédito. Se vendieron la vajilla y la ropa, los muebles y los cuadros, las joyas y el kit de manicura, la batidora y los juguetes, los discos y la tostadora. Hasta la madre se vendió...
No recuerda si tomó la decisión de inmolarse cuando el médico le dijo que su hija ya tenía carencias nutricionales. O cuando vendió el último sofá y la antepenúltima silla, y entonces se sentaban las dos allí en la vivienda vacía frente a frente como incubando un tesoro. O cuando puso su reloj de pulsera sobre el mostrador de la farmacia -como el jugador desplumado que se juega el alma- para comprar medicinas con que tratar la enfermedad neurológica de Patricia y no se lo aceptaron.
- Tiene que pagar, señora...
- ¿Con qué? Dígame, ¿con qué?
Sí recuerda lo que hizo aquella madrugada de septiembre en que llegó a la casa de alquiler que no paga, después de pasar siete horas por primera vez en un prostíbulo. Cuenta que se duchó durante una hora. Que luego se tomó dos ibuprofenos. Y que finalmente, a sus 56 años, se puso a llorar como una niña agarrada a una almohada. Para no despertar a Patricia, ya ven.
Patricia no sabe nada y por ello hablamos bajito, shhh, para no sacarla de sus sueños de veterinaria, que eso"es lo que dice que va a ser. Si mamá ha perdido la cabeza, mírenla, es para que ella la mantenga alta.
A María y Patricia ya sólo les queda lo que ven. Porque todo lo demás se perdió. Desde entonces, la vida cabe en un bolso.
Se perdió la casa y el trabajo. El matrimonio y el crédito. Se vendieron la vajilla y la ropa, los muebles y los cuadros, las joyas y el kit de manicura, la batidora y los juguetes, los discos y la tostadora. Hasta la madre se vendió. Todo, menos una cosa, la cruz de Caravaca que lleva la hija en su pecho.
Es María y su nueva vida: de llevar a la cría a un colegio del Opus Dei, de trabajar como promotora inmobiliaria, de recibir un salario de medio millón de pesetas en la época dorada, a tener que empezar a prostituirse este septiembre para poder alimentarse.
"El anuncio hablaba de pub liberal. Fuimos siete mujeres a aquel local. Para muchas era la primera vez. Por la crisis. Allí te llevas la mitad de lo que el cliente consuma en copas. Si tienes relaciones, cobras más... He ido en tres ocasiones, hasta las cinco de la madrugada. La vez que más dinero me he sacado han sido 30 euros... Soy católica. Esto es muy difícil... La doctora me ha dicho que la niña tiene carencias nutricionales. No sabemos lo que es el pescado, los yogures, la ternera. Comemos lo básico, porque nos lo dan. Yo puedo quedarme sin comer, pero mi hija no...".
Su hija es el motor que hace rugir el mundo. Desde que nació lo es. Cuando cumplió los siete años y a la madre le dijeron que Patricia tenía un trastorno hereditario con retraso mental, lo único que no cuadraba era la cría. Hoy es lo único que encaja.
"Dejé de trabajar en la promotora cuando ella nació, en 1997. Recuerdo que sólo el último mes gané 1,7 millones de pesetas. Mi marido tenía una empresa de reformas y nos iba bien. Yo me volqué con la niña. Porque ella sufría mucho en el colegio. La llamaban 'subnormal', 'retrasada', la quemaban con cigarrillos, la encerraban en un sitio oscuro, la perseguían, ella se daba puñetazos llamándose 'idiota', lo que le decían los demás... Llegaba hecha trocitos de la clase y yo, cada tarde, tenía que coger el pegamento...".
La vida fue así, como un incendio controlado, hasta que en 2009 la crisis le dio ocho vueltas de tuerca a la familia y todo ardió. Hoy María está en llamas.
De un mes a otro fue ocurriendo. El noveno cambio de colegio de Patricia trajo aparejada la venta de la vivienda. La flamante empresa de reformas del marido quebró y con la quiebra llegaron los impagos de las letras de la nueva casa y el embargo. Los alquileres que vinieron después no se pagaron y en la huida siempre acababan en una casa más pequeña, más fría y más gris. El bar que abrieron no funcionó, pero al menos la familia comía de los aperitivos. El esposo se separó y se fue a vivir con sus padres. Luego vendría María y este infierno: en el local de alterne sonaba jazz y la tapicería era de color púrpura.
"Lo he vendido todo, hasta dejar la casa como un lugar fantasma. Lo he intentado en todos los trabajos: de carretillera en el Mercadona, en un almacén de frutas, de comercial, pero no me han cogido en ningún lado. Jamás en la vida te imaginas que vas a llegar a esto. Si no fuera por Patricia, yo no estaría aquí".
María busca un trabajo digno y nocturno, dado que su hija no puede estar sola. Si cuenta todo esto, es a cambio de que le dejemos lanzar una botella con mensaje dentro (unsiparamihija@ gmail.es), por si alguien la descorcha y entra. Hace ya más de un año que la adolescente Patricia no dice que se quiere morir y hace ya más de dos del último intento de suicidio. Algo es algo.
En el local de alterne le proponen relaciones y María le echa agua al champán. Porque no le gusta la bebida y son mejores las pompas de jabón que las burbujas.
En la casa vacía estarán ellas dos y sus dos sillas. Y esa almohada noctámbula que es una mordaza. Si ella hablara... "Una vez llegué justo a tiempo de cogerle las piernas cuando se iba a tirar por el balcón".
El mundo es un lugar donde aprender si quedan niñas como Patricia, dice su madre, "que aún saca a los insectos de la piscina con un palito, para que no mueran".
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