27/8/15

El eterno femenino





Habíamos oído hablar, como de una verdad sin fisuras, del "eterno femenino", pero aunque a mi sigue pareciéndome una expresión redonda, lingüísticamente hablando, se me escapa todavía a mi provecta edad lo que pueda eso significar.

¿Será una paradoja como lo del Espíritu Santo?, ¿un hallazgo entre juglaresco y sacramental? No lo sé, el caso es que ha dado mucho juego en las alcobas y puede incluso convencer al más empecinado misógino como argumento irrefutable a la hora de defender una posición indefendible en plan pataleta de pestañas postizas afuera, de esas con las que nos ¿obsequian? todas esas "muchachas de plató", no confundir con "platónicas", que se desgarran las escuetísimas vestiduras en el momento que notan que la audiencia baja.

Entonces, con mucho cuidado de no emborronarse las mejillas, por otra parte blindadas por un maquillaje digno de una geisha experimentada, acercan las garritas decoradas a la ojera que peligra y hacen como que se enjugan las lágrimas.

En fin, acabo de leer en una revista, ¡cómo no, para mujeres!, que a eso de romper a llorar por nada le se llama ahora "hiperemotividad" y que la causa de ese estado hiperestésico tan despreciable no es otra que la ingesta descontrolada de chocolate, bollos con nata montada y azúcares malvados que aumentan nuestra adrenalina y nos "restan capacidad de decisión consciente". Parece que el trance se arregla hartándote a soja, guisantes y patatas, ricos todos en magnesio.

Y yo me pregunto, ¿pero no era el chocolate el paraíso de las endorfinas, una cosa que te trasladaba, como una alfombrilla de cuarto de baño,(e incluso a pesar de la  susodicha alfombrilla, que siempre es astrosa, la verdad), a un lejano país en el que el bienestar existe y las obras veraniegas en tu calle son silenciosas?  ¿En qué quedamos, aparte de quedarnos en casa o ir por la sombra, acostarnos pronto y comer distintos tipos de mijo?

Pues yo voy sospechando, que tras ser inspeccionadas hasta la nausea por toda clase de aventureros que ignoran lo que es la Escuela de Viena, quedamos las mujeres en nada, reducidas a esa magna engañifa solo para alimento de egos flojos, de la que ya sí es sin duda la frase hecha en general y esta en particular, (de la que cuelgan hilos misteriosos de color champán) del "eterno femenino". ¡Y encima, para acabar de fastidiarla, ¡es eterno!


María Vela Zanetti



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